
(La revista de narración oral española: "Tantágora", el 2010, pidió a cuentacuentos de distintos países que en una carilla contaran sobre sus influencias orales y literarias y qué los había llevado a esta actividad. Este fue mi relato breve.
De mis influencias primeras, sin lugar a dudas, mi madre, que en largas tardes del crudo invierno santiaguino nos leía, a mi hermano y a mí, arropados en la cama los tres, los largos, sentimentales y entretenidos capítulos del libro "Corazón", del italiano Edmundo D'Amicis, que recuerdo, me conmovían hasta las lágrimas. Más tarde, aunque todavía precozmente, la lectura de un libro prohibido: El Decamerón, de Giovanni Bocaccio. Torrentes de sensualidad y entretención guardo en la memoria.
Más de treinta años después, siendo ya un hombre de teatro, veo por primera vez a los cuentacuentos en el puerto de Cádiz, España, en uno de los Festivales Iberoamericanos de Teatro (1992). Los dirigía el cubano Francisco Garzón Céspedes, (controvertido narrador, pero líder inapelable de la divulgación de la narración oral contenporánea en América latina y también en España), quién contaba junto a sus discípulos gaditanos. Fue una revelación, porque al ver a los alumnos que debutaban pude darme cuenta que yo también podría hacer lo mismo hasta aprender el oficio.
Al año siguiente, un taller con el primer maestro en Chile: Rubén Martínez Santana, de Venezuela. Las primeras nociones y el empujón inicial. Inolvidables su simpatía y sencillez en la enseñanza. Después: contar y contar, viajar y viajar, ver y escuchar atentamente a otros narradores más experimentados que uno.
Los Festivales de la Oralidad fueron la clave. Me impresionó Roberto Nield, argentino-colombiano, que me enseñó cómo relacionarme con el público. La energía y la locura escénica desbordante de Gonzalo Valderrama, bogotano, me cautivaron por completo. Era el primer narrador "rockero" que veía. Disfruté de la intimidad y precisión de José Campanari, a quién conocí en Buenos Aires antes que fuera figura internacional. Gocé con la también argentina Graciela Cabal en quién la escritora y la narradora eran una misma irónica y lúdica persona. Jota Villaza, de Medellín, me mostró como hacer para contarlo todo desde un personaje, sin transar. Hasta llegar al deslumbramiento oral que me produjo Quico Cadaval, el gallego más palabrero, poético y bizarro que he conocido. Sin duda hay muchos más, pero estos, los primeros, son los emblemáticos en mi caso.
Respecto de los cuentos, tuve la suerte de tener un "escritor de cabecera", como los antiguos médicos de pueblo. Un amigo entrañable y colega teatral que descubrió conmigo el arte de la palabra narrada y me proveyó hasta su muerte de estupendos relatos breves llenos de absurdo, ternura y poesía que yo podía adaptar y recrear para la oralidad con pocos refunfuños de su parte. Se llamaba Jorge Díaz (1934-2007), chileno-español, y aún hoy no me acostumbro a no tenerlo cerca y compartir nuestras andanzas por el drama y por los cuentos.
Valparaíso, Chile, Septiembre 2010.

1 comentarios:
Hola Carlos....que buen comentario sobre los inicios en el arte de la narración oral...hermosos recuerdos de los grandes de hispanoamerica... eso explica la trayectoria que tienes...Felicitaciones...
Tu amiga en los cuentos,
Maria Angélica
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