La primera fue en España, en el mes de Junio del año pasado, la 16ª Maratón de los Cuentos de Guadalajara, una pequeña ciudad de 75.000 habitantes a sólo 30 Km. de la gran Madrid. Una ciudad que los mayores recordarán como el escenario de las peores y más cruentas batallas en los últimos días de la guerra civil española, antes de la caída definitiva de la capital madrileña en manos de las tropas falangistas. Pero que para los jóvenes casi no existiría si no fuera por este evento único, el primero de todos de esta naturaleza en el campo de la narración oral contemporánea: desde la tarde de un Viernes hasta el mediodía del Domingo, centenares de personas de todas las condiciones y edades se ponen a contar historias sin parar nunca, mientras otros, más de un millar, los siguen atentos, relajados, risueños, adormecidos, entumecidos, entusiasmados, etc., pero allí estarán escuchando los antiguos y los nuevos relatos del mundo, también como verdaderos maratonistas del oír.

La de Guadalajara es la verdadera y gran fiesta de la palabra, la ciudad luce embanderada por los cielos y empalabrada por los suelos. La cita es en el patio interior de un hermoso palacio, rodeado de columnas, leones y capiteles. El primer cuento, el inicial, lo cuenta el Alcalde de la ciudad, sin discursos. Luego siguen los niños de todas las edades: solistas, dúos, tríos, grupos corales de colegios, etc. Los padres, tíos y abuelos aplauden chochos en los asientos y los pequeños enfrentan como pueden a ese público incondicional. Es un espectáculo tierno, cómico a ratos, pero siempre interesante. Hay chicos que contaron por primera vez a los 4 años y hoy, ininterrumpidamente, lo hacen desde sus 20 años cumplidos; son los “veteranos” de la Maratón, crecieron con ella y ella les pertenece.Llegan espectadores de todas partes, de ciudades vecinas y lejanas, familias completas y también jóvenes mochileros, estudiantes, que se alojan en el albergue escolar gratuito, especialmente habilitado para ellos. En las madrugadas del sábado y del domingo, después del baile y de las copas, muchos jóvenes se pasan a la Maratón, algunos duermen plácidamente arrullados por los cuentos, otros resisten incólumes.

En el transcurso de la velada se reparten víveres y bebidas para aguantar hasta el otro día: café, fruta, panecillos.
Para los narradores orales españoles la Maratón es la ceremonia del encuentro. Vienen de las distintas regiones de España para verse, escucharse, abrazarse y estar juntos. Todos le regalan un cuento a la jornada y no sólo los contratados para animar la fiesta.
Paralelamente a la Maratón se desarrolla el Festival Internacional de Narración, este comenzó más tarde y por lo mismo va recién en su versión número XI.
Siete narradores profesionales, seleccionados por los organizadores, de distintos países, cuentan en un cómodo teatro de cámara en el centro de la ciudad. La gente, allí, paga una pequeña entrada y la sala se repleta a razón de tres narradores diarios. En este lugar cada uno presenta un espectáculo de una hora y los colegas acuden en masa para ver-apreciar-evaluar a sus pares. De allí salen los contactos, los enlaces y nuevos contratos hechos por veedores de otros festivales que vienen a esta cita.
En la Maratón guadalajareña mandan las mujeres, eso está claro. Su impulsora fue y es una mujer y en el equipo organizativo, si bien existe presencia masculina, son ellas las que se mueven, disponen y ejecutan todo con precisión, resolviendo problemas (como la lluvia, por ejemplo), sin alardes y con exquisita ternura, llegado el caso.
Mientras vuelan las palabras y los cuentos en el ágora palaciega, el resto de la ciudad y sus espacios públicos tampoco descansan: conferencias, exposiciones, talleres, títeres, espectáculos callejeros. La Palabra Viajera, que hace llegar los cuentos a los que están impedidos de acercarse a ellos. A esto se suma la música, la fotografía y la radio, todo se maratoniza de alguna manera durante esos tres días. Se duerme poco, se come entre cuento y cuento y se bebe a discreción para que la lengua no se enrede al momento de narrar. La atmósfera que se respira es de esfuerzo y felicidad por lo que ocurre, hay energía positiva en el aire y es contagiosa: ningún desmán, casi no se ve a la policía. Así hasta el domingo cuando el Orfeón Municipal cierra la jornada con sones castizos y muchos, narradores y público, bailan pasodobles y jotas en el patio central, mientras otros, los más golosos, nos preparamos para el almuerzo final de despedida y camaradería entre organizadores y cuentacuentos en un hermoso y elegante restorán de la ciudad. El alma y el cuerpo se reúnen para celebrar el ritual de la amistad y del deber cumplido: la Maratón ha terminado, aquí no hay vencidos, todos somos ganadores.

SEGUNDA MARATÓN
La segunda fue toda una sorpresa. De vuelta en Chile, a pocos días del final de Guadalajara, me llama una voz masculina, que habla castellano con marcado acento italiano, para invitarme a la 4ª Maratón de los Cuentos y la Lectura. - ¿Adónde? – pregunto. – En Milano, Italia – me responden. ¡¿…………?! Explico que yo sólo puedo contar en castellano, pero enseguida me aclaran que me vieron narrar en el teatro del Festival de Guadalajara y que me entendieron todo. Bueno, me digo a mí mismo, ellos sabrán, y acepto. Y así es como en el mes de Septiembre de este mismo año, desembarco en el aeropuerto milanés después de 18 horas de vuelo y 24 desde que salí de mi casa en Valparaíso.
La Biblioteca Cívica de la comuna de Cologno Monzese de Milán, con el apoyo de la Dirección de Cultura del Municipio, ha hecho suya la idea de Guadalajara y con la asesoría de estos últimos llegan hoy a la cuarta versión de esta carrera de las palabras. Esta Maratón está dirigida a los vecinos de la comuna, ubicada a tan sólo diez Km. del centro de Milán, y que por tener más de 50.000 habitantes obtiene el título de citá (ciudad). En ella participan jóvenes, adultos y adultos mayores. Su duración se extiende desde la tarde de un sábado hasta la madrugada del domingo. Se realiza bajo techo, en un teatro del municipio con capacidad para 300 personas, en medio de una expresiva escenografía. Los narradores son todos amateurs, gente del lugar, excepto una pareja de excelentes jóvenes actores italianos, la compañía Baule Volante, que interpretan cuentos a dos voces y a dos cuerpos. Los inscritos para contar han ensayado previamente sus cuentos, al menos una vez, bajo la experta mirada del director artístico del certamen, el actor y narrador italiano Roberto Anglisani, quién además oficia de maestro de ceremonias de toda la jornada.
Son cerca de 50 narradores los que participan, destacando el hecho de que todo el personal de la Biblioteca, con su directora a la cabeza, también cuentan, y me sorprenden con una original y hermosa declamación de la “Oda al Libro”, de Pablo Neruda, en versión multilingüe.
Hay pausas para beber y comer una generosa lasaña que se reparte gratuitamente, junto a bebidas y café para espantar el sueño. Por primera vez, en cuatro años, ha sido invitado un narrador extranjero que contará en otro idioma, el castellano. Ese soy yo, que vivo también una experiencia iniciática: contar para un público que no habla mi lengua. Reconozco que estoy nervioso, preocupado por la recepción de la audiencia. Está el antecedente a mi favor de Guadalajara: - Le entendimos todo – Sí, pero - ¿qué habrán entendido? – me pregunto ahora. Además, yo soy el único que contará largo: 45 minutos.
El tema de esta Maratón son los objetos y las cosas de la vida cotidiana, todos los cuentos se refieren a alguna. Mi espectáculo ha sido traducido como: “Cose d’amore an altri deliri” (Cosas del amor y otros delirios). Tomo entonces la precaución de revisar mis relatos y con la ayuda de una reciente amiga española, que vive en Milán, traducimos algunas palabras claves de cada cuento, no más de 3 ó 4, para evitar que se entiendan cosas equivocadas, distintas a las narradas. Y con este pequeño salvavidas o salvacuentos, me lanzo a la piscina de la comunicación oral y gestual, justo a la medianoche. El resultado no deja de sorprenderme, a los pocos minutos, los más de doscientos italianos del público, se ríen, comentan y se emocionan con mis palabras, eso se percibe claramente en el ambiente. Los cuentos han hecho una vez más el milagro o la magia, que es lo mismo, de superar la barrera del idioma. Y entonces recuerdo cuando escuché años atrás en Venezuela a un narrador africano contando en dialecto congolés y haberle entendido su relato. Y a un storyteller inglés que pasó raudo por Viña del Mar, en Chile, y nos contó la historia de Tristán e Isolda con la que me reí y emocioné, aún cuando mi inglés era y es precario.

Resumiendo: resultado de la presentación milanesa: me pidieron más cuentos y estuve contando una hora exacta. A las cinco de la mañana terminó la Maratón, desayunamos todos en el lugar y nos fuimos a acostar. Lo único que faltaba era un almuerzo dominical de despedida, al aire libre, bajo el tibio sol otoñal de Italia, en casa de una de las organizadoras, con una selección inolvidable de delicias gastronómicas italianas caseras, acompañadas de frescos vinos españoles aportados por la delegación de la Biblioteca de Guadalajara. Calidez, preocupación, sensibilidad y simpatía son las palabras que mejor definen a nuestros anfitriones italianos. Al final sólo tenía interrogantes que me rondaban: - ¿Qué pasaría – me preguntaba – si todas las comunas de una ciudad le regalaran a sus habitantes una posibilidad y una fiesta como esta? ¿Cómo se modificarían las relaciones entre las personas? ¿Cómo asumiría cada uno el desafío de contar en público una vez al año? ¿Cuánto contribuiría algo como esto a mejorar nuestra calidad de vida y a revalorizar el entorno cultural del que somos parte, acercándonos a los libros y los relatos? ¿Qué efecto produciría en nuestras conductas cívicas esta cuota anual de ficción y poesía?. Con estas preguntas, tal vez utópicas, en la cabeza, las 18 horas del viaje de regreso me parecieron leves. Había despejado el enigma: los idiomas existen, nadie lo niega, pero la comunicación humana cara a cara, gesto a gesto, energía contra energía, corazón a corazón, es una sola, es la misma, y las palabras, sea cual fuere la lengua, tienen su propia vibración, ese zumbido que las hace traspasar todas las fronteras y ser absolutamente universales. Valparaíso, Mayo 2008